El Homo sapiens salió de África mucho antes de lo que se pensaba
La datación de un nuevo fósil hallado en Israel demuestra que nuestra especie abandonó el continente unos 60.000 años antes de lo que decían las evidencias encontradas hasta ahora.
EL CULTURAL | 26/01/2018
Restos fósiles hallados en Misliya
Un equipo internacional, del que forman parte científicos españoles, acaba de publicar en la revista Science un estudio sobre los restos fósiles de humanos modernos más antiguos hallados fuera de África. Han hallado un fragmento maxilar izquierdo con dentición en la Cueva de Misliya, en Israel, con una antigüedad entre 177.000 y 194.000 años, que sugiere que la primera migración del Homo sapiens fuera de África tuvo lugar unos 60.000 años antes de lo documentado hasta ahora.
Israel Hershkovitz de la Universidad de Tel Aviv es el líder del equipo, formado por investigadores de varias instituciones internacionales de todo el mundo, entre los que se encuentran José María Bermúdez de Castro, Mathieu Duval, María Martinón-Torres y Laura Martín-Francés, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH); Juan Luis Arsuaga, del Museo de Evolución Humana (MEH); así como José Miguel Carretero, Laura Rodríguez y Rebeca García, de la Universidad de Burgos (UBU).
Los restos más antiguos de Homo sapiens fuera de África encontrados hasta ahora se habían identificado en el Corredor Levantino y en China, y su edad era de entre 80.000 y 120.000 años. "Este nuevo descubrimiento en Misliya sitúa la primera migración de nuestra especie cerca de los 200.000 años. Estamos descubriendo la parte no-africana de nuestra historia más temprana", ha afirmado la directora del CENIEH, María Martinón-Torres, que ya había participado, junto a Bermúdez de Castro, en el hallazgo de los Homo sapiens más antiguos de China en 2015.
Inequívocamente 'sapiens'
El derrumbamiento del techo de la cueva Misliya hace 160.000 años permitió proteger el fósil y los artefactos arqueológicos enterrados en los sedimentos hasta ahora. Los nuevos hallazgos revelan que los habitantes de la cueva eran cazadores de grandes especies como uros, gamos persas y gacelas, que controlaban la producción de fuego en hogares, utilizaban ampliamente las plantas y elaboraban herramientas de piedra del Paleolítico medio temprano mediante sofisticadas técnicas innovadoras, similares a las encontradas con los primeros humanos modernos en África.
La identificación de la especie a la que pertenece el maxilar de Misliya ha sido realizada por parte de los investigadores mediante mediciones antropológicas clásicas del maxilar y los dientes, así como tomografía y microtomografía axial computarizada, lo que ha permitido estudiar la anatomía interna del fósil y la comparación de su forma mediante reconstrucciones y modelos virtuales en 3D.
Comparando este fósil con otros restos de homínidos africanos, europeos y asiáticos, y con poblaciones humanas recientes, se ha llegado a la conclusión de que este fósil pertenece, sin lugar a dudas, a un humano moderno arcaico. "Ni el maxilar ni los dientes comparten ninguno de los rasgos que caracterizan a otras especies humanas, incluyendo a los singulares neandertales", declara José Miguel Carretero, director del Laboratorio de Evolución Humana (LEH) de la Universidad de Burgos.
Hace poco se hallaron otros fósiles en Jebel Irhoud (Marruecos), con 300.000 años de antigüedad, y sus descubridores se plantearon la posible pertenencia de dichos restos a nuestra propia especie. Pero, tal y como explicó Juan Luis Arsuaga, director científico del Museo de la Evolución Humana, los fósiles anteriores a Misliya, como los de Jebel Irhoud, deben ser considerados más bien como pre-sapiens, que son "antepasados de nuestra especie pero no pertenecen a ella, lo que todavía le da más importancia al hallazgo de Israel".
Juan Luis Arsuaga, con el fósil encontrado
Datación directa de los fósiles
Para determinar la edad del maxilar, se ha realizado la datación directa de un diente mediante los métodos de Series de (U-Th) y Resonancia Paramagnética Electrónica (más conocido por su acrónimo en inglés, ESR). Parte de este trabajo se ha llevado a cabo en los laboratorios del CENIEH por el geocronólogo Mathieu Duval, dentro del marco de un proyecto de investigación europeo. "Para conseguir una datación fiable, se ha tenido que desarrollar un protocolo especial que permitiera limitar el aspecto destructivo del método, similar a lo utilizado recientemente para datar los restos de Homo naledi, en Suráfrica", explica Duval.
Este trabajo, en el que han participado también otros miembros del Equipo de Investigación de Atapuerca (EIA), como Rolf Quam de la Universidad de Binghamton (EEUU) y Carlos Lorenzo, de la Universidad Rovira i Virgili, y la posible magnitud de sus repercusiones, permite posicionar al equipo científico español en la vanguardia de los estudios sobre evolución humana, particularmente en materia de paleoantropología y datación de los asentamientos prehistóricos del circunmediterráneo.
Tiene cara de abuelito querendón pero cuando habla sobre el futuro, James Lovelock se parece al demonio mismo. Un demonio de 88 años reconocido como uno de los mejores científicos del siglo XX que afirma que el calentamiento global es irreversible y que lo mejor que podemos hacer es prepararnos para lo inevitable: la muerte de seis billones de personas y el inicio de una nueva era para la raza humana. ¿Estás preparado para seguir leyendo?
El panorama es aterrador y demasiado cercano. Sequías, incendios forestales, inundaciones. El Sahara tragándose Europa. Países que desaparecen, ciudades que se vuelven océanos. Migraciones desesperadas. Guerras inevitables. Hambre, pestes, muerte. Humanos huyendo de su propio planeta como hormigas en manos de un niño cruel que les prende fuego. La tierra, según Lovelock, se está vengando. Y lo que hemos visto hasta ahora son solo los síntomas de un monstruo colérico y revanchista, que ya está hasta los huevos de nuestro pésimo trato.
Hace 40 años, Lovelock publicó un libro hermoso y revelador que se convirtió en religión para los hippies, material obligado para todos los fanáticos del New Age, y en la burla de respetados científicos como Richard Dawkins –el autor de THE SELFISH GENE (EL GEN EGOÍSTA)– quien tildó su trabajo de “literatura pop ecologista”. El libro de Lovelock, una de las tesis científicas más respetadas hoy en día, bautizaba a la Tierra con el nombre de Gaia (la diosa griega de la Tierra), y afirmaba que nuestro planeta es algo así como un superorganismo vivo que se autoregula. ¿De qué se burlaba Dawkins? Muchos malentendieron el asunto. Lovelock sugirió que la vida misma crea las condiciones para vivir, lo que a algunos les pareció un credo peligroso, o una cojudez del tipo “Gaia siente, Gaia piensa, Gaia es producto de la mente de un viejo chiflado”. Pero no.
Hace dos años, este científico inglés que vive en el suroeste de Inglaterra, en una granja rodeada de 14 hectáreas de tierra, publicó un tercer libro, THE REVENGE OF GAIA, pero esta vez, “the tough bitch”, como llama con cariño a la Tierra, habría cambiado de humor drásticamente. En una entrevista que le hizo Rosa Montero hace dos años para el diario El País, Lovelock lamenta ser el portador de tan malas noticias pero insiste en que alguien debe de cumplir con esa misión. Cuando la escritora le pregunta por el supuesto impacto que ha tenido el libro en la comunidad científica, Lovelock responde algo que enfría aún más la sangre: “tengo bastantes amigos en el campo de la ciencia, y especialmente dentro de los científicos del clima, que manejan los mismos datos que estoy manejando yo. Lo que pasa es que, al estar empleados, no pueden hablar claramente de estas teorías, porque si lo hicieran perderían sus trabajos. Pero han hablado conmigo y me han dicho que en cierto sentido, yo soy su portavoz. Están muy preocupados. Y su actitud respecto al libro que acabo de publicar es que, en todo caso, se queda corto. La situación es verdaderamente muy mala”.
Ay, mi madre
“Será una época oscura” dice Lovelock en su libro. Y ningún esfuerzo ecológico podría revertir lo que se nos viene. Quizás hace 50 o 100 años hubiera sido posible hacer algo, pero ya no. Por eso suele repetir la misma analogía en varias de sus entrevistas. Dice que lo que estamos viviendo ahora se parece mucho a una balsa llena de gente que navega tranquilamente hacia una catarata gigante sin saberlo. Ya no hay forma de remar contra la corriente. “No es el fin del mundo”, dice con incomprensible serenidad, “pero definitivamente es el fin del mundo tal y como lo conocemos”. Para que quede más claro: el planeta, por sí mismo, reencontrará el equilibrio así le tome millones de años. Lo que está en juego acá es el futuro de la civilización.
Aunque parezca contradictorio, esta especie de profeta de nuestros tiempos no se lleva bien con los verdes. “Verde es el color del metal y la corrupción” le dijo con una media sonrisa a Jeff Goodell en un reportaje aparecido en la Rolling Stone el pasado 1 de noviembre. Según él, los verdes ignoran la ciencia y además la detestan, por lo que en muchas ocasiones entorpecen la tarea de personas que están realmente calificadas para prever y prevenir esto del cambio climatológico. Y no es que este abuelo sea el hueverto que detestaban los darwinistas en los 80, o uno de esos viejos en bata de laboratorio que se siente la última Coca Cola del futuro. Lovelock es respetado ahora por todos, y su historia no es poca cosa. Él fue quien creó el ECD, un detector de captura de electrones que tiene el tamaño de una cajetilla de cigarros y que es capaz de percibir residuos de pesticidas en todo el planeta. Ese dispositivo es tan fuerte que si derramáramos una botella de algún químico en una alfombra en Japón y lo dejáramos evaporar, el ECD sería capaz de detectarlo en Inglaterra una semana después. Fue por él que se descubrieron residuos de pesticidas en todo el mundo. Así que Lovelock fue el primero en advertir sobre la existencia de los CFC, los malditos clorofluorocarbonados que terminaron con el ozono. Su único error fue afirmar que los CFC no eran peligrosos para respirar, y no advertir que se estaban tragando la capa de ozono. Se rectificó pronto, aunque el error le pesa hasta hoy.
Pero no todo esta perdido según “el profeta”. Ahora lo que debe preocupar a científicos, políticos, investigadores, inventores, verdes y no verdes, en fin, a todos los mortales, es buscar maneras de sobrevivir lo que se nos viene: “Hacia el final de este siglo, es probable que el calentamiento global haya transformado la mayor parte de la tierra en un desierto y en un descampado”. Para el 2100, estima que la población mundial pasará de los 6.6. billones de hoy a 500 millones, con la mayoría de sobrevivientes concentrados en las latitudes más alejadas del planeta: Canada, Islandia, Escandinavia y el ártico. ¿Y Latinoamérica? Pues ni idea, parece que para él ya desaparecimos porque no nos menciona, aunque todo apunta a que la salvación estará bien al norte. De todas formas parece que los antiguos peruanos la vieron mucho mejor que varios. Lovelock se pregunta por qué dejamos de adorar la Tierra, si dependemos de ella en todos los sentidos. “Creo que fue un gran error que el ser humano dejara de adorar la Tierra y empezara a adorar dioses remotos” dice, y pensándolo bien, quizás tenga toda la razón.
Cómo podrían sobrevivir los humanos del futuro
Por más apocalíptico que suene todo esto, no se trata ahora de irnos de farra y chuparnos todo lo posible antes de que las sequías nos den con palo. No. Para Lovelock, el hombre debe empezar a preocuparse por cómo afrontará la oscura era que se viene. Mismo héroe de película de ciencia ficción, propone cinco formas de supervivencia para aquellos humanos que resistan la ira de Gaia y encuentren refugio en los países que ya mencionamos: 1. Desarrollar plantas de desalinización para poder beber el agua de los océanos cuando todos los bidones del mundo se sequen. 2. Crear comida sintética para sobrevivir cuando el 80% del planeta sea un desierto. Un sustituto de la carne llamado “Quorn” ya está disponible en Inglaterra y desde hace poco también en EE.UU. 3. Prepararse para el caos. Bangladesh, Miami y otras regiones de la costa desaparecerán y millones de personas migrarán a las zonas nórdicas. Las ciudades más inteligentes deberán preparar sus hospitales y almacenar sus alimentos. Las más estúpidas tendrán que lidiar con el caos, las guerras y la muerte de millones de personas. 4. Reordenar el clima. La única propuesta científica que tiene Lovelock por el momento es la de incrementar el plancton en la superficie marina a través de miles de pipas sumergidas en el fondo del mar, donde se concentra la mayor parte de estos organismos. Eso ayudará a enfriar el planeta. 5. Ni la energía solar ni la de los molinos de viento podrán hacer que ciudades como Nueva York o Londres subsistan. La única energía que tenemos hoy para ello es la nuclear. Este último punto ha sido severamente cuestionado, pero para él “la única fuente suficiente que puede proporcionar electricidad y alimentos y calor a los supervivientes en su retiro ártico es la energía nuclear”. Que Dios, perdón, Gaia nos ayude.
Esperando no les sirvan! Está muy buena la información y el entendimiento al que llegaron los nahuas.
"Los nahuas eran tan conscientes de este malestar, que utilizaban plantas como la yolloxochitl, la cacahuaxochitl y la neyoltzayanalizpatli. Todas estas hierbas se llamaban: medicina de la ruptura del corazón.
El que los nahuas hayan asociado las dolencias emocionales con el corazón no es arbitrario. Se ha comprobado que, cuando a una persona le rompen el corazón, ella o él sí experimentan un dolor real en la zona del pecho. Entre otras cosas, esto se debe a que, cuando uno sufre una decepción amorosa, el cerebro manda una señal catastrófica al corazón y al estómago. Esta provoca que las vías respiratorias se cierren y se realice el famoso “nudo del estomago”, el cual acentúa una sensación de vacío. El que estos tres órganos estén involucrados cuando se trata de un padecimiento tan triste como lo es un corazón roto no es arbitrario. Para los nahuas, estas vísceras son las que denominaban órganos del pensamiento: cerebro, corazón y el hígado."
La última gran esperanza de evitar el cambio climático catastrófico podría estar en una sustancia tan común que generalmente la ignoramos o simplemente caminamos sobre ella: el suelo bajo nuestros pies.
La tierra tiene cinco principales reservas de carbono. La atmósfera ya está sobrecargada de ese material; los océanos se están haciendo ácidos mientras se llenan de él; los bosques se están reduciendo, y las reservas subterráneas de combustible fósil se están vaciando. Eso hace que el suelo sea el depósito más probable de inmensas cantidades de carbono.
Ahora, los científicos están documentando cómo atrapar el carbono en el suelo puede producir dividendos: reduce el cambio climático al extraer el carbono de la atmósfera, restaura la salud del suelo degradado y aumenta la producción agrícola. Muchos científicos y campesinos creen que el nuevo entendimiento del rol del suelo en la estabilidad climática y la productividad agrícola provocará un cambio de paradigma en la agricultura y detonará el abandono de prácticas convencionales como la labranza, remoción de residuos de cosechas, monocultivos, pastoreo excesivo y el uso generalizado de fertilizante químico y pesticida. Incluso el ganado, usualmente considerado responsable del cambio climático debido a que emana por lo menos 25 galones de metano al día, está siendo estudiando como una parte potencial de la solución al cambio climático por su papel en la fertilización natural del suelo y en los ciclos de los nutrientes.
La crisis del cambio climático está tan avanzada que incluso recortar drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero no evitará un futuro convulsivo: la cantidad de gases de efecto invernadero que ya está en la atmósfera asegura que habrá graves problemas en el futuro. La manera más plausible de solucionarlos es combinar los recortes de emisiones con tecnologías de “emisión negativa” o drawdown, reducción, que sacan los gases de efecto invernadero de la atmósfera y lo ponen en otras reservas. La mayoría de estas tecnologías propuestas son formas de geoingeniería, una apuesta cuestionable a las grandes manipulaciones climáticas con una alta probabilidad de consecuencias desastrosas y no intencionales.
La captura de carbono en el suelo y la vegetación es una manera efectiva de quitar el carbono de la atmósfera.
Por otro lado, la captura de carbono en el suelo y la vegetación es una manera efectiva de quitar el carbono de la atmósfera y, de algunas maneras, es lo opuesto a la geoingeniería. En vez de dominar a la naturaleza, la refuerza, y promueve la propagación de la vida vegetal para regresar al suelo el carbono que estaba ahí en primer lugar… hasta que las prácticas agrícolas destructivas impulsaron su emisión a la atmósfera como dióxido de carbono. Ese proceso comenzó con la llegada de la agricultura hace 10.000 años y se aceleró a lo largo del último siglo conforme se expandieron rápidamente la agricultura industrial y la ganadería.
Entre los defensores de la llamada agricultura regenerativa está el científico del clima y activista James Hansen, autor principal de un artículo publicado en julio que hace un llamado a favor de la adopción de “medidas para mejorar la fertilidad del suelo y aumentar su contenido de carbono” para evitar “impactos climáticos nocivos”.
Rattan Lal, el director del Centro de Manejo y Secuestro de Carbono de la Universidad de Ohio, calcula que el suelo tiene el potencial de capturar carbón a una tasa de entre 0,9 y 2,6 gigatoneladas al año. Esa es una pequeña parte de las 10 gigatoneladas al año de las emisiones de carbón actuales, pero aun así es significativa. Algunos científicos incluso consideran que ese estimado es bajo, algo que es un tanto tranquilizador.
“Poner el carbono de regreso en el suelo no solo implicar mitigar el cambio climático, sino también mejorar la salud humana, la productividad, la seguridad alimenticia, la calidad del agua y la calidad del aire… todo”, me dijo Lal por teléfono. “Es una opción con la que todos ganamos”.
Las técnicas que utilizan los agricultores regeneradores varían según el suelo, el clima y los cultivos. Comienzan a partir del entendimiento de que un suelo saludable está lleno de más de mil millones de microorganismos por cucharadita y el comportamiento de esos organismos facilita la vida vegetal resistente.
Para fertilizar sus campos, los campesinos regeneradores utilizan abono o composta rica en nutrientes y evitan, en la medida de lo posible, los fertilizantes químicos y los pesticidas, que pueden matar enormes cantidades de materia orgánica y reducir la resiliencia de las plantas. No les gusta arar la tierra, puesto que el arado aumenta las emisiones de carbono a la atmósfera. Algunos combinan en el mismo campo el ganado, las cubiertas vegetales y cultivos brutos de manera secuencial, o plantan perennes, arbustos e incluso árboles en hileras a lo largo de cultivos. Dejar el suelo vacío en temporada baja es tabú, puesto que el suelo desabastecido fácilmente se erosiona al consumir más carbono de la tierra; en vez de eso, los agricultores regeneradores plantan cubiertas vegetales para capturar más carbón y nitrógeno de la atmósfera.
Hasta la llegada de los materiales sintéticos a finales de la década de 1800, los fertilizantes consistían principalmente en abono o compostaje rico en carbono. Sin embargo, los fertilizantes sintéticos no contienen carbono. Conforme su uso se esparció junto con las prácticas de labranza para incorporarlos a la tierra, disminuyó el contenido de carbono en el suelo. El proceso se aceleró después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las plantas de municiones a base de nitrógeno de Estados Unidos se convirtieron en fábricas de fertilizantes a base de nitrógeno. La mayoría de las universidades agrícolas aún enseñan fertilización de los suelos como un ejercicio que consiste en aplicar fertilizante químico inorgánico, mientras que pasan por alto el papel biológico del suelo (y su contenido de carbono). A pesar de la conexión del suelo con el cambio climático, la captura de carbono en el suelo jamás se mencionó en el Protocolo de Kioto de 1997, que estableció amplios objetivos de reducción en la emisión de gases de efecto invernadero para las naciones del mundo.
California comenzó una iniciativa en 2015 para incorporar la salud del suelo en las operaciones de granjas y ranchos del estado. Algunos de los estudios pioneros que muestran los beneficios de la agricultura regenerativa se han llevado a cabo en el Marin Carbon Project, un autoproclamado “rancho de cultivo de carbono” en los tramos pastorales a 48 kilómetros al noroeste de San Francisco. Un estudio de cuatro años realizado ahí mostró que una sola aplicación del compostaje resultó en un aumento en la productividad de la planta que ha continuado desde entonces y que el contenido del carbono del suelo creció año tras año en una tasa equivalente a la remoción de 1,5 toneladas métricas de dióxido de carbono por cada media hectárea en la atmósfera al año.
La gente obtiene más beneficios de la naturaleza cuando deja de intentar vencerla y en vez de eso la ve claramente como una aliada exigente pero indispensable.
Whendee Silver, un ecologista del ecosistema en la Universidad de California en Berkeley que es el científico principal del proyecto, calculó junto con un colega que si tan solo el cinco por ciento de los terrenos de cultivo de California estuviera cubierto con un cuarto de pulgada o media pulgada de compostaje la captura de carbono resultante sería el equivalente de las emisiones anuales de efecto invernadero de nueve millones de autos. El desvío de desperdicios orgánicos de los vertederos saturados del estado también evitaría que generaran metano, otro potente gas de efecto invernadero.
Algunos científicos se siguen mostrando escépticos respecto a la agricultura regenerativa y argumentan que su impacto será pequeño o solo funcionará con ciertos tipos de suelo. También enfrenta obstáculos significativos, como la escasez de fondos para investigación y los requisitos de seguros federales estadounidenses para cultivos, lo que frecuentemente no permite que los campesinos que plantan cultivos de cobertura accedan a los fondos. Pero los temores de que el gobierno de Donald Trump aplastaría el apoyo público para este tema han sido infundados, hasta ahora.
Veamos, por ejemplo, la experiencia de Willie Durham, un especialista de salud del suelo en el Servicio de Conservación de Recursos Naturales, parte del Departamento de Agricultura y ubicado en Temple, Texas. Lo que llevó a Durham a la agricultura regenerativa fue su descubrimiento, mientras trabajaba como agrónomo en el estado, del “ciclo vicioso del pesticida”. “La gente que conocía desde hacía mucho tiempo me preguntaba: ‘Si nada ha cambiado en nuestro sistema agrícola, ¿por qué estamos usando de dos a tres veces más fertilizantes para lograr lo mismo?’ Llegó a un punto en el que gastábamos tanto en insumos que no teníamos ninguna ganancia”.
Ahora Durham enseña agricultura regenerativa a los campesinos en Texas y Oklahoma. Los agricultores a los que inspira son predominantemente jóvenes y aún no están habituados a la agricultura convencional: estima que cerca del 10 por ciento de sus estudiantes utiliza la información y que el porcentaje va en aumento. En una región donde las precipitaciones generalmente son valiosas, Durham dijo que parte del suelo convencional se ha vuelto tan inerte que absorbe tan solo 1,2 centímetros de agua por hora, mientras que los campos regenerativos pueden absorber más de 20 centímetros por hora.
Los agricultores de Durham están aprendiendo una lección que tiene eco en la historia de las interacciones humanas con el mundo natural: la gente obtiene más beneficios de la naturaleza cuando deja de intentar vencerla y en vez de eso la ve claramente como una aliada exigente pero indispensable. Debido a la conexión del carbono y el cambio climático, nos han condicionado para pensar que es el enemigo, cuando de hecho es tan vital para la vida como el agua. La manera de solucionarlo es ponerlo de regreso en el suelo, donde pertenece.
Museo Newen Antug La Fundación Azara se encuentra trabajando en un proyecto para la construcción del Museo Newen Antug (Museo Arqueológico Andino Norpatagónico), en San Martín de los Andes, provincia de Neuquén. El futuro museo sería resultado de la consolidación de los trabajos de investigación y extensión que el arqueólogo Alberto Pérez, investigador de la Fundación Azara, iniciara en la zona hace casi una década. Para la concreción del mismo es invalorable el apoyo de Fernando Bolgar quien entre otros aportes ofreció el terreno en el cual se emplazará el museo. El museo contará con un espacio dedicado a la protección de bienes patrimoniales arqueológicos de la región. Una sala de conservación especial, a disposición para poner en resguardo y realizar la curaduría y conservación de artefactos recuperados durante trabajos de investigación y colecciones museográficas aun mantenidas precariamente en posesión de diferentes organismos estatales e incluso de particulares, con el objeto de resguardar y proceder al único de estos bienes según normativas vigentes. Pero al mismo tiempo estará equipado para realizar tareas de investigación. Otro espacio fundamental será el laboratorio de investigación, donde los diferentes artefactos, tanto producto de investigaciones científicas, como aquellos que han estado durante décadas dedicados a exhibiciones, serán la materia prima para las más rigurosas pericias científicas. Este laboratorio contará con el personal científico y técnico, equipamiento de última generación, convenios con diversas instituciones para realizar estudios. Además contará con una biblioteca especializada en la materia, la cual será actualizada permanentemente. Los resultados de estos trabajos serán publicados en diferentes soportes y formatos, manteniendo los estándares de rigurosidad académica y la excelencia en la divulgación de la ciencia. La creación de un espacio museográfico moderno y novedoso, de 600 m2 de superficie, no tiene precedentes en la región de los lagos andino-norpatagónicos. San Martín de los Andes es parte y cabecera junto a San Carlos de Bariloche de un circuito turístico regional y componente de otro mayor de carácter binacional a partir de su integración con el corredor de los lagos trasandinos y su centro turístico en Valdivia, Chile. Además de un espacio para el conocimiento en general, se transforma en una alternativa y renovación a la oferta turística centrada en los recursos naturales y actividades deportivas derivadas de los mismos. Incorporando al patrimonio cultural, de gran demanda por el turismo nacional y extranjero, como producto original. El museo contará con una exposición de tipo permanente sobre la historia del poblamiento de los bosques andinos norpatagónicos, y exposiciones temporarias dentro y fuera de sus instalaciones edilicias. La exposición permanente planteará cronológicamente un paseo de 11.000 años que de cuenta de las distintas formas de experimentar, vivir y organizar el paisaje y sus recursos naturales por las poblaciones humanas. En forma didáctica mostrando desde su temprana convivencia con perezosos terrestres gigantes hace más de 10.000 años entre retrocesos y avances glaciares; el poblamiento regional hace 1.000 años con una forma de vida recolectora, cazadora, pescadora y con prácticas agrícolas poco conocidas, que incluyen la distribución más austral preincaica del maíz en el continente americano. Para luego mostrar los diversos procesos de etnogénesis producto del contacto con el mundo colonial, y la situación de las comunidades originarias previa a la ocupación del territorio por parte del Estado Nacional. El recorrido culminará con el panorama sociocultural actual de los pueblos originarios de la cuenca Lacar, como un espacio para la reflexión y la interculturalidad. En las muestras temporarias se expondrán los novedosos descubrimientos del equipo de investigación del museo, los que luego actualizaran la exposición permanente. También se presentarán exhibiciones temáticas, alegóricas a sucesos históricos o conmemoración de relevancia etnohistoria y social local y regional. Además se recibirán muestras itinerantes de instituciones nacionales y extranjeras por medio de convenios existentes.